¿Sospecha?

Es bien conocida la afirmación de Aristóteles que sitúa el origen de la filosofía en la admiración, entendiendo aquí lo originario no en un sentido histórico o temporal, sino como aquella condición trascendental que posibilita la aparición del pensar.

“Pues los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración [thaumadzein]” (Met. 982b,12)

En lenguaje menos filosófico, lo que Aristóteles nos viene a decir es que la admiración por las cosas pone en marcha nuestra mente y nos mueve a pensar y reflexionar sobre ellas y sobre el mundo.

Esto nos puede parecer extraño –e incluso idealista. A mí, personalmente, nunca me ha parecido que la admiración haya sido la causante de que me pusiera a reflexionar o entrara en Wikipedia a buscar información sobre algo.

La clave para comprender la idea de Aristóteles viene dada por la manera en que entendamos y traduzcamos el término thaumadzein, pues en castellano tenemos dos voces que expresan dos modos antitéticos de estar admirado: “estupor” y “extrañeza”.

La mayoría de las veces se ha traducido el término según la primera de estas voces, pues es a la que comúnmente nos referirnos al utilizar el término castellano. Así, se ha pensado en el origen de la filosofía como en un “maravillamiento” ante el mundo, como una fascinación bobalicona ante lo existente, una ingenuidad espectadora, una estupefacción anonadada.

Sin embargo, la mayoría de las traducciones autorizadas apuntan hacia la segunda de las voces, esto es, hacia la extrañeza, y la entienden como un cierto aturdimiento ante el orden de las cosas. Más, la idea se esclarece infinitamente si pensamos la admiración-extrañeza en términos de sospecha o desconfianza.

No consigo imaginarme a Tales de Mileto observando las subidas y bajadas de las mareas del Nilo, y cómo estas eran responsables de hacer crecer la vida en los cultivos egipcios, y de pronto, volverse asombrado y estupefacto hacia el cielo estrellado y exclamar:

– ¡Oh! ¡El agua es el principio de todas las cosas!

Fue la desconfianza en el origen mitológico del mundo y la sospecha de que los dioses homéricos no estaban detrás de los cambios en la naturaleza lo que hizo indagar a Tales  otra explicación posible.

No fue el asombro, asimismo, lo que condujo a Descartes a cuestionárselo todo y a entrar en el espacio de la duda metódica, sino la sospecha, la desconfianza de que el pensamiento vigente de su época no ofrecía unas bases suficientemente sólidas cómo para garantizar una búsqueda de la verdad rigurosa.

No consigo, de nuevo, imaginármelo en su casa de verano, observando el vaivén de la llama de una vela, y de repente exclamar, asombrado:

– ¡Oh! ¡Pienso, luego existo!

Sin la sospecha de que quizás no podamos llegar a conocer la cosa en sí, Kant habría guardado sepulcral silencio, y ni todo el asombro del mundo lo hubiera incitado a escribir Crítica alguna.

La desconfianza y la sospecha nos llevan, por ejemplo, a cuestionarnos las ideas y los valores que nos han sido impuestos, a no considerarlos verdades eternas e inamovibles. Nos empuja a buscar su legitimidad y su razón de ser. La sospecha de que algo no es tal y como nos lo han contado nos incita a entrar en Wikipedia, a buscar datos que respalden sus premisas, a discutir sobre otros posibles puntos de vista.

La sospecha es, por tanto, la fuerza vital que pone en marcha al pensamiento, y es  lo que ha llevado el pensar del hombre hasta su posición actual.

La sospecha resulta ser, así, el origen de la filosofía.
De tal manera, y siempre bajo rigurosa sospecha, este blog pretende ser un espacio para el pensar y la desconfianza.

AGL

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