Uno eres, y al Uno regresarás

ÍNDICE

Si algo caracteriza a la metafísica de Plotino –a su concepción del mundo- es la doctrina de lo Uno. Nos habla de lo Uno como Primer principio, fundamento y causa de toda la realidad y todos los seres que hay en ella.

Lo Uno es el principio de todas las cosas

En la realidad se nos presentan una serie de cosas que son: una mesa, una casa, un gato, etc. Pero, ¿por qué una casa es una casa? La respuesta dada hasta entonces había recaído en el Ser. Por ejemplo, para Platón una casa ‘es casa’ porque participa de la Idea Ser-casa. El Ser –fuera lo que fuera- había sido concebido como lo que da ser a las cosas. Pero para Plotino aquello que da existencia e identidad a una casa no es el Ser, sino lo Uno. Pensemos en una casa: ¿por qué una casa es una casa y no un conjunto de habitaciones, muebles, ladrillos, pintura, cemento, tuberías, etc.? Ya hemos dado la respuesta: una casa no es simplemente un conjunto de todo lo dicho cuando decimos una casa. Una casa solo es una casa si posee la unidad. Una casa es una casa porque es una. Si una casa deja de ser una, pierde la unidad, ya no será una casa, sino un conjunto de habitaciones, muebles, ladrillos, etc., pero no una casa. Si una casa es una, entonces podrá ser una casa. Sin unidad no puede haber ser. Todos los entes son entes por lo Uno.

Todos los seres por la unidad son seres, así cuantos son Seres primariamente como cuantos de un modo u otro se cuentan entre los seres. Porque ¿qué podrían ser si no fueran unos, toda vez que, desprovistos de ser un esto o aquello, no son esto o aquello?… Pero tampoco una casa es casa ni una nave es nave si no poseen la unidad, puesto que la casa es una y nave es una; perdida la unidad, ni la casa será ya casa ni la nave será ya nave…; pero si, abandonada la unidad, se fragmentan en una multiplicidad, pierden la esencia que les era propia; ya no son lo que eran, sino que se convierten en otras, siempre que estas otras sean unas (Enéada VI, 9, 1).

La existencia de lo Uno como Primer principio es una necesidad ontológica –y lógica-. Plotino hace suyo el argumento presente desde los presocráticos según el cual las causas de las cosas no pueden prorrogarse de forma infinita, sino que ha de haber necesariamente un Principio inicial que es causa de sí mismo y causa última del resto del Universo:

Si se da algo a continuación del Primero, es necesario que o provenga inmediatamente de aquél o se remonte hasta aquél a través de los intermediarios, y que exista un orden de Segundos y Terceros en que uno -el Segundo- se remonte al Primero y el Tercero al Segundo. Ha de darse, en efecto, algo anterior a todas las cosas (Enéada V, 4, 1).

 ¿Qué ‘es’ lo Uno?

Hemos visto que Plotino presenta a lo Uno como Primer principio. De ello se deducen dos características básicas: absoluta trascendencia y absoluta simplicidad.

(1) Lo Uno no es simplemente la suma de todos los seres múltiples, sino algo diferente a todos ellos, su fundamento. Si cada ser fuera simplemente un “pedazo” de lo Uno, no habría diferencia en el mundo, pues todo sería idéntico a todo, todo sería Uno. Lo Uno es, por tanto, un “más”: algo más que todos los seres individuales y algo que está más allá –trasciende- de todos los seres.

(2) A su vez, lo Uno debe ser necesariamente simple. Si lo Uno ha de ser principio o fuente de todo, pero está compuesto de otros elementos, estos otros elementos no pueden tomar a lo Uno como principio –estarían tomando su efecto, lo Uno, como su causa, lo cual es imposible-. Y por el hecho de ser Simple y Primero debe ser autosuficiente, pues: no está compuesto por nada diferente a sí mismo y no hay principios anteriores a él.

…algo anterior a todas las cosas que sea simple y esto debe ser distinto de todos los posteriores a él, que subsista en sí mismo y que no esté mezclado con los provenientes de él, y a su vez, capaz de estar presente de otro modo a los demás. …Debe ser, además, autosuficientísimo por el hecho de ser simple y el Primero de todos (Enéada V, 4, 1).

Más allá de estas caracterizaciones más o menos lógicas –Primer principio, Trascendencia y Simplicidad-, Plotino especifica que no podemos dar una definición positiva de lo Uno –decir que lo Uno es ‘así’ o ‘no así’-, porque no podemos atribuirle atributos positivos, de lo contrario, insiste Plotino, no sería verdadero Uno. No podemos decir, por ejemplo, que ‘lo Uno es bello’, pues la Belleza, como todo, recibe su ser de lo Uno –así como la luz crea el color y el color no puede equipararse con la luz-. Tampoco podemos, estrictamente hablando, decir que ‘lo Uno es’, pues el Ser también recibe su ser de lo Uno. Lo Uno está más allá de las capacidades del pensamiento humano y del lenguaje. Por ello no puede haber una ciencia de lo Uno; a lo más que podemos aspirar es a una captación espiritual -según su discípulo Porfirio, Plotino llegó a tener cuatro encuentros con lo Uno a lo largo de su vida-. No podemos, incluso, afirmar que ‘lo Uno es uno’. Para pensar lo Uno hay que prescindir de todo concepto –si es que ello es acaso posible-:

…atribuirle aun el predicado «uno», ha de ser falso, de él no hay «definición ni ciencia», de él es de quien se dice que está «más allá de la Esencia». Porque si no fuera simple, exento de toda coincidencia y composición y realmente uno, no sería Principio (Enéada V, 4, 1).

Pero tú, cuando lo expreses o lo pienses, prescinde de todas las otras cosas: prescindiendo de todas y reteniéndolo a él solo, no busques qué añadirle; indaga más bien si no habrá quedado aún algo en tu mente que no se lo hayas quitado (Enéada VI, 8, 9).

Hay, sin embargo, según Plotino –y aquí sigue fielmente la doctrina platónica-, una cosa que sí podemos decir sobre lo Uno, que es bueno. Ahora bien, al decir que ‘lo Uno es bueno’ estamos diciendo de lo Uno que ‘es’ y que es ‘bueno’. Y hemos acordado que de lo Uno nada podíamos decir. Sucede, dice Plotino, que nos vemos obligados a usar el lenguaje para tratar de hablar de lo Uno. Minimizando, por tanto, lo más posible su incapacidad de expresarlo debemos decir que lo Uno es el Bien, no que es bueno. Mejor, debemos decir: lo Uno o el Bien –en una especie unión Uno-Bien-. Son, en realidad, dos maneras de expresar lo mismo:

Y ni siquiera es «es», pues ni aun esto le hace ninguna falta. Y es que de él no se predica ni siquiera «es bueno»; esto se predica de quien se predica el «es». De aquél se dice «es» no como predicado, sino como denotativo de lo que es. Mas lo llamamos «el-Bien» tratando de hablar acerca de él, no de expresarlo y tratando de predicar no que el Bien está presente en él, sino que él mismo es el Bien (Enéada VI, 7, 38).

 El origen del mundo: la procesión de lo Uno

¿Cómo, a partir de lo Uno, se origina la realidad? Para dar respuesta a este problema, Plotino introduce su famoso concepto de procesión o emanación.

Todos los seres, constatamos, engendran otros seres, no se contentan con permanecer en sí mismos. El Primero no habrá de ser una excepción, pues la avaricia no forma parte de su naturaleza, ya que hemos establecido ‘su bondad’ (Enéada IV, 8, 6) –Plotino hace aquí referencia a las palabras de Platón en el Timeo 29 d-e “Digamos ahora por qué causa el hacedor hizo el devenir y este universo. Es bueno y el bueno nunca anida mezquindad acerca de nada”-.

Plotino establece, a su vez, el siguiente principio: de la perfección surge la imperfección. Cada nuevo ser generado es inferior al que le precede. Así, el producto de lo Uno será más imperfecto que él mismo. De esta manera, a través de una procesión, un tránsito, una serie de emanaciones de mayor perfección (lo Uno) a menor perfección (las cosas sensibles) se va generando la realidad, en un proceso eterno y necesario –necesario porque lo Uno ‘es’ Bueno y lo Bueno ‘no es’ Avaro-. De lo Uno procede toda la realidad por un procesión que va creando diferentes niveles de realidad cada uno de los cuales es menos perfecto que el anterior:

Ahora bien, vemos que todas las otras cosas que alcanzan su perfección, engendran y no se contentan con permanecer en sí mismas, sino que producen otra cosa; …emulando todas las cosas, en lo posible, al Principio en eternidad y bondad. ¿Cómo podría, pues, el perfectísimo y el Bien primero detenerse en sí mismo, cual si fuera avaro de sí mismo o bien impotente, él que es la Potencia de todas las cosas? (Enéada V, 4, 1)

Lo Uno, sin embargo, no se ve alterado en lo más mínimo en dicho proceso emanativo. Permanece inalterado en sí mismo. Para explicar esto, Plotino recurre (Enéada V, 1, 10) a la metáfora del sol y el espejo. El sol, aunque emite luz sin descanso, no disminuye ni sufre ninguna mengua. A su vez, en el espejo se reflejan los objetos sin que tal acto provoque en los originales alguna pérdida o disminución. Ello es lo que sucede con lo Uno y sus emanaciones.

(1) La primera emanación de lo Uno es el Nous, que puede pensarse como una inteligencia pura que contiene toda la multiplicidad de las Ideas, entre ellas la Belleza y el Ser, aunque el mismo Nous es indiviso. Metafóricamente podemos entender lo Uno como el Sol y el Nous como la Luz que el Sol emana.

(2) La emanación que dará lugar el Nous es el Alma del mundo, incorpórea e indivisible, que constituye el vínculo entre el mundo sensible y el mundo inteligible. En realidad, el Alma del mundo posee una doble naturaleza, como los polos de un imán: uno, superior, en más directo contacto con el Nous y otro, inferior, en contacto con el mundo material. Las cosas del mundo sensible reciben su ser de las Ideas del Nous a través del Alma del mundo. Plotino habla de unos reflejos de las Ideas que circulan por el Alma del mundo hasta finalmente instalarse de forma inmanente en las cosas.

(3) El mundo material emana a partir del Alma del mundo. La materia procede de lo Uno –pues todo procede de lo Uno– pero es su último límite, lo más alejado, y por ello se aproxima a ser la antítesis de lo Uno, aunque sin llegar a serlo, porque todo es Uno.

 La unión mística con lo Uno

Las almas de los hombres proceden del Alma del mundo, y se estructuran a su vez en dos niveles, emulando la distribución del Alma del mundo. El alma de los hombres tiene una parte superior, más cercana al Nous, y una parte inferior, más cercana al cuerpo material. Ello posibilitará el ascenso del hombre a la contemplación del Nous, y a través de él, a una unión mística con lo Uno.

…ni siquiera el alma humana se adentró toda ella en el cuerpo, sino que hay algo de ella que está siempre en la región inteligible.

Toda alma posee, en efecto, un elemento de su parte inferior orientado al cuerpo y un elemento de su parte superior orientado a la inteligencia (Enéada IV, 8, 8).

El destino del hombre, será, entonces, la ascensión hacia la contemplación de lo Uno para conformar una unión esencial con él (Enéada I, 3, 1). Pero el alma está anclada en el mundo, manchada por las bajezas que habitan en él. Es, dice Plotino, como si el alma estuviera en un pantano (Enéada I, 8, 14), donde la suciedad ocultara su verdadera belleza y pureza, como si una pieza de oro estuviera manchada de barro. Por tanto, el alma deberá lavarse y limpiarse para volver a ser bella, para poder ascender al Nous y contemplar lo Uno-Bien. Es necesario un proceso de purificación. Ahora bien, como en la doctrina platónica, el alma ya ha estado anteriormente en el mundo inteligible –y de hecho, como hemos visto, una parte de ella siempre está en contacto con el Nous-. Si ahora es posible el ascenso es porque el vínculo está ya presente y porque ha habido previamente un descenso.

La ascensión hacia lo Uno tiene diversas fases que van purificando el alma de las ataduras del mundo sensible: (1) la primera fase consiste en la práctica de la virtud: “y esto se logra, si nos hacemos justos y piadosos con ayuda de la sabiduría. Se logra, en suma, por la virtud.” (Enéada I, 2, 1), que viene impulsada por el Eros -el amor- del Banquete platónico; (2) la segunda fase consiste en volverse hacia el Nous a través de la filosofía y la ciencia: “de todo esto con ciencia, no con opinión. Y, poniendo fin a la evagación por lo sensible, instálase en lo inteligible, y allá…, se emplea en alimentar el alma en la llamada «Llanura de la Verdad»” (Enéada I, 3, 4); (3) la tercera fase aparece una vez superamos el pensamiento discursivo y filosófico –la segunda fase- y el alma se une con el Nous: “entonces es cuando, estando sosegada del modo como allá se está en sosiego… se dedica a contemplar, cediendo a otra parte la llamada «disciplina lógica» sobre proposiciones y silogismos.” (Enéada I, 3, 4); (4) todo ello lo debe realizar el alma con vistas a una cuarta fase final, en la que, tras haber recorrido las fases anteriores, entra finalmente en una unión mística con lo Uno. Plotino caracteriza tal unión por la absoluta inexistencia de dualidad, por una conexión en la unidad haciendo que la propia consciencia desaparezca y haciendo que el alma se funda con el mismo Uno en una sola existencia:

Y entonces es cuando es posible ver a aquél y verse a sí mismo según es lícito ver: a sí mismo esplendoroso y lleno de luz inteligible; mejor dicho, hecho luz misma, pura, ingrávida y leve; hecho dios; mejor dicho, siendo dios; se verá todo encendido en aquel instante (Enéada VI, 9, 9).

…el objeto visto no lo ve el vidente ni lo discierne, ni se representa dos cosas, sino que, como transformado en otro y no siendo él mismo ni de sí mismo, es anexionado a aquél, y de hecho pertenencia de aquél, es una sola cosa con él, como quien hace coincidir centro con centro (Enéada VI, 9, 10).

Resulta difícil traducir en palabras semejante visión. Pues ¿cómo podría el hombre dar cuenta de lo divino cual si fuera una cosa distinta, siendo así que en la visión lo conoció no como distinto de sí sino como idéntico en su propia consciencia? (Enéada VI, 9, 10).

Tras la –efímera- unión mística se da siempre una nueva caída, tras la que el alma debe volver a emprender su afanoso trabajo de ascenso hacia lo Uno-Bien.

Tal es la vida de los dioses y de aquellos que entre los hombres son semejantes a la Divinidad: un desapego de las cosas terrenales y que enajenan, un vivir por encima de los placeres del mundo, un remontarse desde la soledad hasta lo Uno (Enéada VI, 9, 11).

AGL

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