Filosofar en tiempos revueltos: la Anarquía del siglo III

ÍNDICE

Vida

Plotino (203/204 – 270 d.C.) fue natural de Egipto, donde estudió con varios maestros entre los que destaca Amonio Sacas. En el año 242 emprende una expedición a Persia con el emperador Gordiano, que fracasa debido al asesinato de este en Mesopotamia. Tras dicho episodio Plotino se instala en Roma, donde funda una escuela propia y goza de buena fama y del favor imperial. Trató de fundar una ciudad llamada Platonópolis en la Campania siguiendo el modelo platónico de la República, pero por razones desconocidas le fue denegado el permiso. Su más famoso discípulo, Porfirio, se encargó de poner por escrito sus lecciones –seis libros en total con nueve capítulos cada uno, de allí el nombre de Enéadas que han tomado cada uno de los libros, que significa “los nueve”-. Parece haber sido una persona espiritual y bondadosa –acogía a niños huérfanos y les daba lecciones gratuitas de filosofía-. Sus últimas palabras antes de morir, recogidas por su amigo y médico Eustoquio, fueron: “Esperaba verte antes de que lo que en mí hay de divino parta a unirse con lo Divino en el universo”.

La Anarquía del siglo III

La época en la que Plotino vive y desarrolla su filosofía es un periodo caracterizado por grandes convulsiones en el Imperio romano. Un dato altamente ilustrativo son los veintiocho emperadores que se sucedieron a lo largo del siglo, conquistando el poder, en la mayoría de los casos, a través de traicioneras conspiraciones y viles asesinatos. El periodo que comprende desde el año 235, año en que es asesinado por sus propios soldados el emperador Alejandro Severo, último de la Dinastía Severa, hasta el año 284, en que asciende al trono el emperador Diocleciano, aclamado por el ejército y que gobernará hasta el año 305, ha adquirido denominación propia como la Crisis o Anarquía del siglo III.

En política, desde el exterior del imperio los pueblos limítrofes presionan sobre las fronteras; bárbaros del norte –godos, vándalos y alamanes- y persas del este –sasánidas- aspiran a recuperar lo que una vez fue suyo o a expandir sus tierras. Desde el interior del imperio se dan efímeras aventuras secesionistas. En el año 258 las provincias de Hispania, Galia y Britania deciden tomar las riendas de su propio destino formando el Imperio Galo. Dos años más tarde, Siria, Egipto y Palestina imitan a sus antiguos hermanos constituyendo el Imperio de Palmira. Ninguno de los dos fue duradero, y en el año 274 Aureliano reunifica de nuevo el Imperio.

En el plano económico los sucesivos emperadores, –empezando por los últimos emperadores Severo- desconocedores de las modernas teorías sobre la inflación y el gasto público, aumentaron sin control la masa monetaria –redujeron la cantidad de oro y plata de las monedas por metales más baratos con el fin de aumentar su producción- ante la necesidad de pagar a los soldados los aumentos de sueldo correspondientes por su apoyo militar. Todo ello, sumado a la dificultad de recaudar impuestos, tuvo como consecuencia una significativa devaluación de la moneda romana, concluyendo en una hiperinflación de la economía.

En la esfera social, la población libre de las ciudades, con un salario no ligado a la inflación, se vio incapaz de adquirir los encarecidos alimentos y emprendió un éxodo masivo hacia las zonas rurales. Plebeyos y pequeños agricultores renunciaron a sus derechos de ciudadanía para ponerse en manos de aristócratas y terratenientes, a cambio de sustento y protección –militar y ‘médica’, pues la peste y otras enfermedades endémicas se sucedieron sin descanso a lo largo de todo el siglo-. Las grandes urbes de antaño, abiertas de par en par al intercambio de ideas y mercancías, comenzaron un proceso de desconfianza que culminaría con la construcción de altas murallas, modelos urbanos característicos de la Edad Media. Incluso la misma Roma, perla y centro del Imperio, hubo de amurallarse como medida de precaución. El Imperio romano ya no volvió a gozar del amplio tráfico comercial que hasta el siglo III había conectado todas sus regiones: el Imperio-continente mutó en un Imperio-insular.

Las transformaciones alcanzan, a su vez, el plano cultural. El paganismo inicia un proceso hacia el ocaso, cediendo poco a poco terreno al cristianismo, que, por otro lado, sufre numerosas persecuciones en un intento por parte de los emperadores –Decio, Valeriano y Diocleciano, en especial- de frenar el abandono de los antiguos dioses politeístas. Proceso que culminará, finalmente, en el 313 con la instauración del cristianismo por parte de Constantino como religión oficial del Imperio.

En filosofía, el estoicismo –la filosofía más difundida de la época imperial- y el epicureísmo, atrincheradas ambas doctrinas desde hacía cinco siglos en las mentes romanas más cultas y selectas –habiendo obrado, principalmente, como guías morales de la acción-, sufren un amargo final, ninguneadas por los argumentos escépticos que Sexto Empírico compendia a finales del siglo II. Es, sin embargo, una época prolífica en comentaristas, en especial de Platón y Aristóteles –tradición que habrá de mantenerse durante buena parte de la Edad Media-. Comentaristas que, en su mayor medida, renunciarán a elaborar una filosofía propia más allá de aclaraciones e interpretaciones sobre los antiguos maestros, quienes, a partir de entonces, se convertirán en fuente de autoridad. Incluso el cristianismo entrará, algunos siglos más tarde, en este juego, buscando justificar la teología cristiana mediante la filosofía de Platón y Aristóteles, lo cual dará lugar a múltiples complicaciones, que culminarán con las famosas prohibiciones de 1277.

Plotino, aún con sus indudables ideas propias, no reducibles a una simple síntesis del pensamiento anterior -aunque algo de ello presente-, se encuadra él mismo, de forma, quizás, un tanto excedida, en dicho marco:

Pues bien, es de creer que algunos de aquellos antiguos y bienaventurados filósofos han averiguado la verdad (Enéada III, 7, 1).

Platón sabía que del Bien procede la Inteligencia y de la Inteligencia el Alma, y que estas doctrinas no son nuevas ni han sido expuestas hogaño, sino antaño, no de forma patente, es verdad, pero la presente exposición es una exégesis de aquella porque demuestra con el testimonio de los escritos del propio Platón que estas opiniones (nuestras) son antiguas (Enéada V, 1, 8),

En numerosas partes de su obra Plotino se presenta a sí mismo como un simple exegeta de Platón, buscando legitimar sus ideas con citas y fragmentos del griego. Como veremos, sin embargo, su pensamiento no puede reducirse a un simple corolario de los Diálogos. El pensamiento de Plotino incorpora, además de la filosofía platónica, ideas del aristotelismo, el estoicismo, el platonismo medio y quizás, según Brehier (1953) algunas influencias orientales.

AGL

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