Los sistemas económicos

ÍNDICE

Hemos definido la  economía como aquella actividad mediante la cual una sociedad somete sus recursos escasos a las operaciones básicas de producción, distribución y consumo (PDC) con el fin de satisfacer sus necesidades.

Imagen 11De donde hemos concluido que un sistema económico, por ejemplo, el capitalismo, no es más que una función f(P,D,C) específica, esto es, una manera concreta de organizar la PDC de los recursos escasos con vistas a satisfacer las necesidades de la sociedad. Sucede, no obstante, y dejándo a un lado la D, que la P y el C suelen estar íntimamente relacionados. Dada una cierta producción P(1), las posibilidades para la forma del C se restringen severamente a esa forma de producir. Por ello, las propuestas clasificatorias de los sistemas económicos suelen basarse en las distintas formas de P.

Para obtener nuestro marco teórico vamos a realizar un breve estudio empírico de las diversas funciones f(P,D,C) que se han dado a lo largo de la historia, centrándonos en las formas productivas. Ello dará lugar a una triple parcelación esencial de los sistemas económicos, que agota a su vez las posibilidades lógicas. Metafóricamente hablando, nos disponemos a hallar los Géneros de los sistemas económicos, sin entrar en las características secundarias que dividen a estos en Especies.

I. Economías no productoras

La primera dicotomía que se le presenta a un sistema económico consiste en ser productor o no serlo. Las economías no productoras, basadas en la caza y la recolección, imperaron en las sociedades humanas desde el origen del hombre hasta la Revolución Neolítica (10.000 a.C.), momento en que se dio paso a una economía productora basada en la agricultura y la ganadería. Desde entonces, las economías cazadoras-recolectoras, aunque existentes, han constituido una minoría.

La característica principal de las economías no productoras es que la satisfacción de necesidades está ligada a la disponibilidad de recursos que ofrecen los ciclos de la naturaleza. Por ello, las economías no productoras se hallan inmersas en dichos ciclos, de igual modo que las poblaciones de conejos y zorros. Así, si una sociedad cazadora-recolectora sobreexplota su territorio, su población se verá afectada de forma negativa.

Ello tiene significativas consecuencias en lo que respecta a la tecnología y al crecimiento económico/poblacional. En una economía productora, los avances tecnológicos repercuten en un crecimiento económico –mediante una mejora de la productividad-. Ello, sin embargo, no sucede en las economías no productoras, en las que una mejora de la tecnología –como un nuevo tipo de cerbatana que dispare a más distancia- no resulta en una mayor disponibilidad de recursos, pues estos están determinados por la naturaleza, sino que disminuye el tiempo dedicado al trabajo y aumenta, por tanto, el tiempo de ocio –las economías no productoras actuales dedican tan solo alrededor de cinco horas diarias al trabajo-. Por otro lado, las economías no productoras necesitan una gran cantidad de territorio para mantenerse, lo que pone serias trabas a su crecimiento poblacional –desde el 150.000 a.C. hasta el 8.000 a.C. la población del planeta creció a una tasa anual del 0,000284752%-. Los pigmeos actuales requieren 8 km2/miembro para lograr su sustento, los aborígenes australianos 30 km2/miembro y los esquimales 200 km2/miembro. Si hoy en día la humanidad adoptara una economía no productora, la población del planeta no podría superar los 15 millones.

Imagen 3II. Economías productoras

Por otro lado, la característica principal de las economías productoras es el control de la naturaleza para la obtención de recursos. Históricamente surgen, como hemos visto, a partir de la Revolución Neolítica, perdurando hasta nuestros días, y pueden subdividirse en dos grandes bloques, economías cerradas y economías abiertas.

Numerosos autores señalan que, irónicamente, aunque las economías productoras lograron un crecimiento poblacional sin precedentes –hecho que hubiera sido del todo imposible en las economías cazadoras-recolectoras-, el precio fue elevado: un aumento significativo de las horas de trabajo -14 horas diarias y 7 días a la semana durante la Revolución Industrial-, con la consecuente disminución del tiempo de ocio, y un considerable deterioro de la dieta –mucho más rica en el hombre cazador-recolector-, hasta casi finales del siglo XX. Económicamente hablando, el hombre ha tardado doce mil años en volver a tener un horario de trabajo y una dieta semejantes a las que disfrutaba como no productor.

III. Economías cerradas y economías abiertas

Hasta el siglo XVI, las economías productoras fueron eminentemente cerradas. El sentido de este término toma aquí una significación propia y específica. En una economía cerrada cada individuo –o familia, o pequeño grupo económico- satisface la gran mayoría de sus necesidades –en especial las básicas- por sí mismo. El ejemplo más claro es el de una familia que posee una pequeña granja con tierras y ganadería de las que obtiene su sustento. Ello es lo que sucedía, por ejemplo, en la Antigua Grecia, donde en el 400 a.C. el 80% de la población de Atenas tenía en propiedad tierras suficientes para cultivar y mantenerse, porcentaje todavía más elevando durante la Edad Media. Incluso hoy en día muchos de los países subdesarrollados presentan en buena parte de sus territorios –en especial en los rurales- economías cerradas –como por ejemplo Camboya-. En toda esta época, a su vez, el comercio, aunque existente, era una actividad minoritaria en comparación con la agricultura, principal actividad económica –85% en Grecia, más del 90% durante la Edad Media-, y estaba limitado casi exclusivamente a productos no necesarios para la subsistencia.

Por otro lado, las economías productoras también pueden ser abiertas. En una economía abierta es la sociedad quién satisface las necesidades como un todo. Es decir, cada individuo se especializa en la producción de un bien en particular, y espera intercambiar el fruto de su trabajo –por ejemplo, a través del mercado- por otros bienes que necesita para sobrevivir. Ningún individuo depende ya de sí mismo, sino que todos dependen del resto, de la sociedad. El equilibrio entre la producción y el consumo ya no se organiza a través de grupos cerrados, sino a través de la sociedad como totalidad.

Europa comenzó el tránsito de una economía cerrada a una economía abierta a partir del siglo XVI. Ningún autor vacila a la hora de situar el origen de tal éxodo en las ciudades-estado italianas del siglo XV, que sirvieron de modelo al resto de Europa. La causa más clara de esta metamorfosis económica fue el crecimiento de la población, especialmente concentrada en las grandes ciudades, lo que imposibilitó el funcionamiento de una economía cerrada. Durante los siglos XVI y XVII, las poblaciones de Sevilla y Londres se triplicaron hasta los 150.000 habitantes, la de Nápoles se dobló hasta los 250.000, la de París creció hasta los casi 300.000 y la de Ámsterdam pasó de 10.000 a 100.000 habitantes, por poner algunos ejemplos. El foco del desarrollo económico pasó de Italia a Holanda, hasta afianzarse en Inglaterra durante el siglo XVIII. Algunos autores, no obstante, señalan momentos históricos del pasado en que ya habrían surgido economías abiertas. El caso más paradigmático es el de la ciudad de Roma, que reunió cerca de un millón de habitantes durante el siglo I d.C..

IV. Economías abiertas de mercado y economías abiertas planificadas

El desarrollo histórico condujo a las economías abiertas a operar a través del mercado, constituyendo economías abiertas de mercado (EAM). En un sistema económico tal, la sociedad satisface sus necesidad como un todo a través del mercado, esto es, confiando en la interacción de la oferta y la demanda. Nuestras economías actuales, que duda cabe, son EAM, pero no son las únicas. Una economía no monetaria basada por completo en el trueque también sería una economía abierta de mercado. En este punto puede surgir el impulso de identificar una EAM con el capitalismo. Es cierto, por un lado, que toda economía capitalista es, necesariamente, una economía abierta de mercado. Esto es, se cumple que ‘Capitalismo –> EAM’. Sin embargo, la implicación inversa es falsa. No toda economía abierta de mercado es necesariamente una economía capitalista. De ello hay ejemplos históricos –como Roma, considerada generalmente una EAM pero no capitalista- y ejemplos hipotéticos de EAM que no consideraríamos capitalistas –como veremos en el artículo dedicado al capitalismo-.

A su vez, durante el siglo XIX surgió, como bien se sabe, otro tipo de organización económica que, aún siendo abierta, confiaba en la planificación, y no en el mercado, para organizar la satisfacción de necesidades, constituyendo economías abiertas planificadas (EAP) –de las que el comunismo es un ejemplo-.

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Recapitulación

Los sistemas económicos son funciones f(P,D,C) que presentan, acorde a la producción, una triple parcelación esencial: (1) no producción, (2) producción cerrada y (3) producción abierta. Históricamente las economías de producción abierta han operado a través del mercado o a través de la planificación, pero no debemos descartar otros posibles modos de operatividad en tales economías –por ejemplo, a través de sorteo-. A su vez, esta triple clasificación esencial permite, como hemos apuntado, diversas subdivisiones, dando lugar a diferentes “especies” de sistemas económicos dentro de cada uno de los tres “géneros” hallados. Por ejemplo, las economías productoras pueden ser industrializadas o no industrializadas; en las EAM, el mercado puede ser libre o regulado, o estarlo en diferentes grados; en las EAP el trabajo puede asociarse a la capacidad o a la voluntad, etc.

Imagen 6

Fuentes primarias

CAMERON, E. A. A Concise Economic History of the World: From Paleolithic Times to the Present. Oxford University Press. 1993.

CUMMINGS, V. The Anthropology of Hunter­Gatherers: Key Themes for Archaeologists. London. Bloomsbury. 2013.

GASPAR, F. SUDRIA, C. Introducción a la historia económica mundial. Universitat de Valencia. 2013.

KRIEDTE, P. Feudalismo tardío y Capital Mercantil. Barcelona Crítica. 1987.

LAJUGIE, J.  Los sistemas económicos. Buenos Aires. EUDEBA. 1960.

PELLICANI, L. The Genesis of Capitalism and the Origins of Modernity. Nueva York. Telos Press. 1994.

PERSSON, K. An economic history of Europe. United Kigdom. Cambridge. 2010.

AGL

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