Platón v.s. Gettier: ¿qué es el conocimiento?

I. La definición tripartita del saber

Hace 2.400 años, Platón estableció una definición sobre el conocimiento que ha perdurado hasta nuestros días sin apenas cuestionarse. En el Teeteto afirma que el conocimiento consiste en una “creencia verdadera y justificada”, lo que ha pasado a la historia como definición tripartita del saber:

TEETETO – Estoy pensando ahora, Sócrates, en algo que le oí decir a una persona y que se me había olvidado. Afirmaba que la opinión verdadera acompañada de una explicación es saber y que la opinión que carece de explicación queda fuera del saber. (Teeteto 201c-201d)

En su forma lógica, como gusta a los filósofos de hoy en día que se dedican a estas cuestiones, se establece que el sujeto S conoce la proposición P si y solo si:

  • P es verdadera.
  • S cree que P.
  • S está justificado en creer que P.

Es decir: para poder afirmar que conocemos algo, ese algo debe ser verdadero, debemos creer ese algo y debemos estar justificados en creer ese algo. Por ejemplo, podemos decir que Juan conoce la proposición P: “La tierra gira alrededor del Sol” porque P es verdadera, Juan la cree, y además está justificado a creer que esto es así por todos los libros astronómicos que se ha leído.

Si reflexionamos un momento al respecto, veremos que las tres condiciones parecen bastante razonables y necesarias para que haya saber. Intuitivamente, jamás diríamos que podemos tener conocimiento sobre cosas falsas. Si Pepe nos dice “yo sé que el coche es azul” cuando nosotros sabemos que es en realidad rojo, no diremos que Pepe sabe de qué color es el coche, sino que tiene una creencia falsa sobre él. A su vez, siempre que conocemos algo, creemos ese algo. Resultaría muy extraño y contradictorio afirmar algo del estilo “yo sé que el coche es rojo, pero creo que es azul”.

Hasta aquí, ningún filosofo que yo conozca y acepte la posibilidad del conocimiento pone en duda que aquello que llamamos saber deba ser, como mínimo, una creencia verdadera.

Platón añade, sin embargo, la condición de la justificación. También parece razonable y necesaria. Pensemos en el siguiente caso. María profiere la proposición P: “mañana me tocará lotería”. Llega el sorteo y resulta que sale su número. P es verdadera, y además María creía que le iba a tocar. Pero no diríamos que María sabía que iba a salir su número, sino que ha tenido suerte. Precisamente, porque no tenía ninguna justificación para creer tal cosa.

La cláusula de la justificación cumple varias funciones: primero, descarta el conocimiento “por azar”, como sucede en el caso de María; segundo, conecta de alguna manera el mundo –condición 1- con nuestra mente –condición 2-; tercero, cumple una función explicativa, esto es, da razones sobre por qué la adecuación mundo-creencia es así. Fijémonos que, precisamente, cuando queremos conocer algo, aún aceptándolo como verdadero y creyéndolo, lo que hacemos es preguntar el porqué, es decir, demandar la cláusula de la justificación. Uno puede aceptar que el espacio es curvo y creer que es así, pero si quiere realmente conocer que el espacio es curvo demandará que le expliquen la teoría de la Relatividad.

Pues bien, estas tres condiciones pretenden ser condiciones necesarias y suficientes para que haya conocimiento. Necesarias, porque se necesitan las tres, y suficientes, porque no hacen falta más. Por tanto, siempre que una P sea verdadera, un S crea que P y esté además justificado en creer que P, podremos afirmar, en principio, que S conoce P.

II. Contraejemplos Gettier

No obstante, la definición tripartita del saber entró en crisis en 1963, cuando el entonces desconocido filósofo norteamericano Edmund Gettier publicó un breve artículo de apenas dos páginas titulado Is Justified True Belief Knowledge?. En el artículo se exponen dos situaciones en las que un sujeto S cumple las tres condiciones para conocer P y sin embargo, intuitivamente, no nos parece que S conozca P. Son contraejemplos a la suficiencia, es decir, muestran que las tres condiciones no son suficientes para que haya conocimiento.

Se exponen ahora cuatro contraejemplos a la definición tripartita del saber. El primero es una adaptación de un ejemplo propuesto por Russell (1912), los dos siguientes son los propuestos por el propio Gettier, y el último es un caso presentado por Chisholm (1966) –el más comprensible, en mi opinión-. En los cuatro casos veremos creencias verdaderas y justificadas que intuitivamente no pensamos que constituyan conocimiento, fallando, por tanto, la definición tripartita del saber.

El reloj de Russell

Supongamos un sujeto S que antes de salir de casa mira un reloj de pared que marca las 11 a.m. Sin embargo, resulta que el reloj se ha parado justamente a esa hora y además que el momento en que S lo mira coincide con las 11 a.m. reales. Por tanto, es verdad que son las 11 a.m., S cree que lo son y tiene justificación para creerlo, porque los relojes normalmente proporcionan creencias verdaderas sobre la hora. No obstante, intuitivamente diríamos que S no conoce qué hora es, porque el reloj de pared estaba parado y ha sido por azar que ha coincidido con la hora real.

El trabajo de Smith

Este caso y el que sigue son propiamente los que expone Gettier en su artículo. Supongamos que Smith y Jones optan a un trabajo. Sin embargo, el jefe de la empresa le ha dicho a Smith que seguramente el trabajo lo conseguirá Jones. Además, durante el desayuno, Smith ha podido ver que Jones guardaba diez monedas en su bolsillo. Por tanto, Smith se forma la creencia justificada P(1): “Jones conseguirá el trabajo y tiene diez monedas en el bolsillo”. De esta creencia, Smith deduce lógicamente P(2): “El hombre que obtendrá el trabajo tiene diez monedas en su bolsillo”. Entonces resulta que el trabajo se lo lleva finalmente Smith, y al mirarse los bolsillos ve que, por casualidad, tiene exactamente diez monedas. Así, P(2) es verdadera, Smith creía P(2) y estaba justificado en creer P(2), pero no diríamos que Smith conoce P(2).

Brown en Barcelona

Supongamos que Smith tiene un amigo llamado Jones y que tiene fuerte evidencia para creer que P(1): “Jones tiene un Ford” (por ejemplo, porque sabe que Jones se lo acaba de comprar y han ido a dar una vuelta con él). Smith a su vez tiene un amigo llamado Brown, pero del que desconoce su paradero. De ambos casos Smith infiere la creencia P(2): “O bien Jones tiene un Ford, o bien Brown está en Barcelona” (en vez de Barcelona podría haberse puesto cualquier destino, puesto que Smith desconoce el paradero de Brown). Ahora bien, resulta que Jones ha vendido el coche al llegarle una cuantiosa oferta, y a su vez, por casualidad, Brown efectivamente está en Barcelona. En este caso, P(2) es verdadera (porque Brown está en Barcelona), Smith cree P(2) y está justificado en creer P(2) (ya que la ha inferido correctamente en base

a P(1)), pero no diríamos que Smith conoce P(2).

La oveja en el campo

Supongamos un sujeto S que está en el campo y a lo lejos ve una oveja (la vista se considera normalmente un buen mecanismo de justificación). Se forma, por tanto, la creencia justificada P: “Hay una oveja en el campo”. Ahora bien, resulta que esa oveja es en realidad un perro disfrazado magistralmente para hacerse pasar por oveja. A su vez, resulta que al lado del perro hay un agujero que S no puede apreciar desde su posición dentro del cual hay una oveja real. Por lo tanto, P es verdadera (debido a la oveja del agujero), S cree que P y está justificado en creer que P. Sin embargo, no diríamos que S conoce que “hay una oveja en el campo”.

Imagen 5

Estos contraejemplos pueden parecer construcciones lógicas irreales, situaciones llevadas hasta un extremo que crean más extrañeza que comprensión. Lo cierto es que es algo de ello tienen. Pero muestran situaciones posibles, y por tanto, que la definición de Platón no es suficiente para establecer qué es el conocimiento. Ello no implica, sin embargo, que tal definición no funcione en la gran mayoría de los casos. Pero si pretendemos ser estrictos y alcanzar una definición última y sin fisuras sobre el conocimiento, deberemos buscar en otro lugar.

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AGL

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