2/2. Reflexiones sobre el aborto

Como vimos, el gran problema del aborto consiste en esclarecer cuál es el estatuto moral del no nato. Es decir, si el no nato puede ser considerado persona, y de ser así, en qué momento. La respuesta a esta pregunta presenta dos posibilidades:

a) Que el no nato tenga en algún momento el estatus de persona, y por tanto sea sujeto de derechos

b) Que el no nato no tenga el estatus de persona en ningún momento hasta su nacimiento.

En el artículo anterior vimos que la consideración del no nato como persona, la opción a), está sujeta a graves dificultades filosóficas. Así pues, la conclusión a la que llegamos es que el no nato no puede tener lógicamente el estatuto moral de persona (no según las razones inducidas por los pro-abortistas y los anti-abortistas).

Y aun en el caso de que atribuyéramos al no nato de forma arbitraria y pactada –por ejemplo, a los tres meses- un “derecho a la vida”, no se sigue necesariamente que dicho derecho debiera estar por encima del derecho de la mujer al uso de su cuerpo y a la autonomía. Judith Jarvis Thomson plantea a este respecto en su artículo A Defence of Abortion el siguiente ejemplo. Supongamos un violinista que padece de una enfermedad mortal y necesita estar conectado algún tiempo a un organismo para sobrevivir. Un grupo de admiradores, de manera furtiva, conectan al violinista a una mujer durante la noche. ¿Tiene la mujer derecho a solicitar que se lo desconecten, aún cuando esto le cause la muerte al violinista? Thomson argumenta que todos estaremos de acuerdo en que, si bien sería deseable que la mujer le permitiera seguir conectado a su organismo, no tiene ninguna obligación de hacerlo. Así pues, lo mismo ocurriría en el caso del aborto, en donde la madre podría exigir que el no nato fuera “desconectado” de su vientre.

Sin embargo, que la respuesta sea la b), es decir, que el no nato no tenga el estatus de persona en ningún momento hasta su nacimiento, no nos soluciona tampoco el problema. Pues de que no sea persona no tiene por qué seguirse necesariamente que no pueda tener derechos. Podría perfectamente mantenerse que debemos legislar aquello que está “en los orígenes de la vida humana”. Un animal o una sociedad mercantil no son personas, y sin embargo, tienen derechos.

Así pues ninguna de las dos posturas respecto a la consideración de persona del no nato presenta una solución al problema del aborto. Y ello es quizás indicativo de que la solución no puede hallarse en dicha consideración.

El problema real: un conflicto de valores

En realidad, si se analiza filosóficamente el asunto, nos encontramos con una batalla moral, es decir, con un conflicto de valores. Los pro-abortistas ponen como valor máximo la libertad individual, mientras que los anti-abortistas colocan la vida y la responsabilidad. Solo así pueden entenderse sus posturas: si uno considera la libertad del sujeto por encima de todo lo demás, el aborto debe ser una elección del mismo –y de allí las campañas con eslóganes del tipo “yo decido”. Por contra, si uno considera la vida como valor regente, el sujeto debe renunciar a su capacidad de elección cuando vida y libertad entren en conflicto, y asumir las consecuencias de sus actos –y de allí eslóganes del tipo “no al aborto, sí a la vida”.

Así pues, ¿es preferible la vida o la libertad como valor regente? No puede haber una respuesta acertada en el asunto mientras no se considere la moral como algo absoluto, sino como se tiende a calificar hoy en día, como algo relativo a cada cual.

¿Vida o Libertad?

De todo ello se sigue que tan solo puede haber dos soluciones al problema del aborto, una formal y otra material.

La solución formal o ideal debería ser una tal que fuera aceptada por todos. Ello solo es posible con ciertas herramientas mentales que nos permitan establecer principios universales. El imperativo categórico kantiano es una de esas herramientas (obra solo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal), pero aplicado al caso del aborto no arroja ninguna luz sobre la cuestión. De igual modo sería deseable para un sujeto colocar tanto la libertad como la vida como valores supremos de la humanidad.

Quizás sea de más ayuda recurrir a la posición original que J. Rawls propone en su Teoría de la Justicia. Imaginemos la situación hipotética en que toda la sociedad se encuentra en un estado previo a constituirse como sociedad. No sabemos qué situación social nos tocará vivir (renta baja o renta alta, etc.), cómo seremos biológicamente (hombre o mujer, altos, morenos, discapacitados, etc.) o cuál será nuestra ideología (liberal, socialista, católica, etc.). Somos simplemente seres racionales, libres e iguales. Para Rawls, todo principio aceptado unánimemente en dicha situación puede considerarse como un principio universal de justicia. Pues bien, si en tal situación debiéramos colocar como principio rector la libertad o la vida, ¿cuál elegiríamos?  

La respuesta no está clara en absoluto, y cada cual deberá hacer el experimento a nivel personal. Puede argumentarse que, en tanto que sabríamos que tendremos un plan de vida que querremos realizar, no elegiríamos principios que a priori podrían poner trabas a su realización, y que dejaríamos el aborto como opción personal. Sin embargo, ello es solo una posible interpretación. A falta de mejores herramientas, la solución formal no parece que vaya a conducirnos a buen puerto.

Por otro lado, la solución material consistiría en partir de la situación fáctica en que estamos y dejar en manos de la democracia la solución al problema del aborto. De esta manera, el derecho o prohibición del mismo respondería a qué valor moral subyace en la mayoría de la sociedad, si la vida o la libertad como valores regentes.

Lo único cierto es que ninguna de las dos posiciones resulta en un obrar fácil llegado el momento. Aquellas personas que se inclinen por la libertad se encontrarán ante la dificil situación de tener que elegir entre su propio interés y una potencial vida humana. Por otro lado, aquellas personas que a priori se inclinen por la vida, caerán bajo la envolvente asfixia de la responsabilidad y la severidad con que nos arremete la acción cuando debemos ser fieles a nuestros principios.

Imagen 5

AGL

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