El ADN y el eterno retorno de lo mismo

Si es cierto que el ADN es la molécula maestra, que dirige el desarrollo y funcionamiento de los organismos (apariencia y comportamiento), se sigue de ello que nos somete al eterno retorno de lo mismo.

Tomemos sólo el aspecto del ADN que se refiere a la regulación del comportamiento de los organismo. En tanto que el ADN debe dirigir el actuar de un organismo, debe “saber” de antemano las posibles situaciones con que dicho organismo puede encontrarse, las posibles circunstancias a que el entorno puede someterlo. Y para cada una de las posibles situaciones, el ADN debe tener “por escrito” la respuesta que el organismo debe tomar. Es decir, de alguna manera, el ADN de la zebra tiene escrito algo del tipo:

“percepción de un rugido de león -> huir”

Si esto no fuera así significaría que el comportamiento animal no es instintivo, de la forma estimulo-respuesta automatizada, y habría que buscar otra explicación al comportamiento animal, pues: (1) o es instintivo-automatizado-determinado; o (2) es libre; o (3) es por azar. Así pues, si aceptamos la primera opción, y a su vez aceptamos que el ADN es la escritura de toda la información correspondiente al individuo, tanto de su apariencia como de su comportamiento, debemos aceptar a su vez que el ADN debe “llevar por escrito” todas las situaciones con las que un organismo pueda encontrarse a lo largo de su vida junto a las respuestas correspondientes a tales situaciones.

Ahora bien, esta última situación parece poco probable, principalmente debido a que las situaciones con las que puede toparse un organismo pueden considerarse casi infinitas (pues cada momento de la existencia de un organismo es diferente de todos los demás), y el ADN tiene un espacio de escritura limitado. Así, si el ADN debiera de tener por escrito todas las posibles situaciones con sus correspondientes respuestas que pudieran surgir en la vida de un individuo, ciertamente necesitaría litros y litros de tinta. Por otro lado, esta situación iría en contra de la teoría de la evolución, pues negaría la necesidad de las mutaciones para la evolución de las especies, en tanto que los organismos ya tendrían respuestas para todas los posibles situaciones del entorno.

Por tanto, nos hallamos ante la siguiente situación: (1) El ADN regula el comportamiento de los organismo; (2) para ello tiene escritas un número finito de circunstancias y las respuestas correspondientes que debe adoptar el organismo. Ahora bien, hemos dicho que el número de situaciones con que un organismo se topa son “infinitas” (muchas y todas diferentes), y que el ADN no puede tener respuesta a todas ellas. ¿Cómo se explica entonces el comportamiento de un organismo ante una situación no escrita en el ADN? ¿Debería quedarse el organismo parado, sin saber que hacer?

La respuesta es que el ADN lleva y no lleva escritas todas las situaciones posibles con que se puede topar un organismo. Es decir: por un lado, es imposible que lleve escritas exactamente todas las situaciones. Pero por otro lado, todas las situaciones deben cuadrar con algunas de las escritas, pues de lo contrario el organismo no podría actuar. Para ello el ADN hace algo así como generalizar situaciones, por lo que convierte las infinitas situaciones en un número finito. Por ejemplo, en el caso de la zebra, las situaciones posibles:

“percepción de un rugido de león al amanecer”

“percepción de un rugido de león al mediodía”

“percepción de un rugido de león al atardecer”

“percepción de un rugido de león al anochecer”

etc.

Se generalizan en “percepción de un rugido de león” y se vincula con la respuesta “huir”. Por ello se da en los organismos el eterno retorno de lo mismo. Aunque cada situación es verdaderamente única e irrepetible, la evolución ha programado a los individuos para que perciban situaciones diferente como iguales. Y es por ello que, aunque la diferencia infinita de cada instante se alza sobre el organismo y envuelve toda su existencia, para él no es más que el eterno retorno de lo mismo, la mismisidad de un idéntico “rugido de león” sin diferencia alguna con todos y cada uno de los rugidos de león, infinitamente diferentes en su especificidad.

AGL

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