El gran error del Pensamiento

Un relativista confundido por el verdadero ser del lenguaje podría decir que la filosofía ha pretendido desde sus inicios expresar el ser de las cosas a través de la palabra. No en vano, logos en griego es, precisamente, palabra, discurso. Y el famoso paso del mito al logos no es sino pasar del silencioso misticismo órfico a la palabra viva de la polis.

Pero la palabra no podría avanzar más allá de unos cuantos metros sino fuera por el apoyo del libro. Pues tan solo lo escrito permite la verdadera discusión y el desarrollo del pensamiento que se desprende de la espontaneidad de la idea. Tan solo lo escrito permite la rememorización de lo dicho y la estructuración de lo pensado. Pero sobretodo, permite al otro acusar al pensador de posibles incoherencias que la memoria pasa por alto, diciendo “tres páginas más atrás usted ha dicho que… y ahora está diciendo lo contrario”. Tal proceder pierde en la conversación abierta la fuerza infinita que desprende la eternidad de la tinta sobre el papel. Lo escrito es condición de posibilidad del avance del pensar, y quizá por ello la invención de la escritura y el nacimiento de la filosofía no están en exceso alejadas en el tiempo.

El relativista podría concluir que la filosofía nace bajo la pretensión –consciente o inconsciente- de querer expresar el ser de las cosas a través de la palabra.

Heráclito nos dice:

No escuchándome a mi, sino al Logos, es sabio confesar que todas las cosas son u.

Es el Logos el que desvela, desoculta, muestra el ser y la verdad de las cosas. El Logos nos habla y desentraña la esencia de lo real.

El relativista podría seguir, emocionado, argumentando que el problema es que nadie preguntó a aquel susurro que desvelaba el ser del mundo. Nadie buscó, entre los rincones y escondites de la consciencia, el lugar del que surgía la misteriosa voz que desbancaba al mitos de su altar omnipotente. E ignorando así la identidad de aquel nuevo Mesías parlante, caló hasta fondo de las almas de los pensadores la idea de que la palabra es el mundo, y por tanto, la convicción clara y evidente de que el ser de las cosas puede ser expresado a través de la palabra.

Tal convicción, diría, alcanza la cima de la creación con Platón, para el que realmente tan sólo existen las palabras, esto es, las Ideas. Buscar la verdad del bien no es sino interrogar a la Idea del Bien. La verdad está en la palabra, no en la cosa que expresa la palabra.

Cuando, jóvenes de edad, aprendemos el lenguaje y las palabras, entramos en el mundo del ente. Vemos mesas, perros, mamás, casas. Las “cosas” son cosas, con una identidad, con unos límites, con unas propiedades que las definen y las convierten en lo que son. Pero, piénsese en lo siguiente:

Vamos a la playa y observamos el mar. Y de pronto, vemos aquello que llamamos una ola. Y pensamos que es una cosa, que además designamos con la palabra “ola”. Sin embargo:

¿En qué momento una ola de mar es igual a sí misma?

En ningún momento, diría sonriendo el relativista, como el abogado que afirma no tener más preguntas. Jamás llega a ser “algo” más que durante una milésima de segundo. Al instante posterior ha cambiado, ha avanzado, ha dejado de ser como era, lo que era. Una ola no es algo que es, sino que es precisamente un fluir, un devenir. Pero al llamarla “ola” y al pensarla como palabra, se nos escapa su esencia verdadera, el ser siendo o el ser devenir.

En síntesis, concluiría el relativista: en el mundo “vemos” cosas porque hemos designado con palabras las realidades externas que percibimos. Al designar una realidad externa con una palabra la convertimos en cosa, en ente, porque la palabra es precisamente eso: algo que encarcela, que prende, que crea límites, porque ello es necesario para crear una identidad. Y las palabras son precisamente eso: creadoras de identidad, y así, creadoras de “cosas”. Una ola en realidad no es ninguna cosa, pero al designarla como “ola” la hemos convertido en cosa. Y lo que sucede para la ola, sucede para todas las demás cosas que creemos que forman el mundo. Y todo ello, es culpa del Logos, del lenguaje.

¡Lo que toca ahora -exclama el relativista- es desbancar al Logos del altar omnipotente desde el que ha guiado el pensamiento de los hombres hasta nuestros días!

AGL

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