La angustia, la felicidad y la existencia

La angustia es una propiedad exclusiva del hombre. ¿Se da en otros animales? ¿Se angustia una tortuga en la manera en que nosotros entendemos la angustia? No lo parece. Heidegger escribió que lo propio del hombre y lo que lo hace entrar en relación con el Ser es el aburrimiento, pues en tal estado se le aparecen las cosas del mundo en tanto que cosas, y que el animal nunca puede llegar a aburrirse porque siempre está al acecho (siempre alerta, esperando el ataque de un depredador o atento a otros cambios del medio) por lo que nunca puede llegar a percibir un objeto en tanto que objeto.

En todo caso, la angustia nos acompaña a lo largo de nuestra vida, y podría decirse lo siguiente: que son justamente los momentos de angustia aquellos en que estamos realmente vivos, en tanto que son los momentos en que más conscientes somos de nosotros mismos, de nuestra finitud, de nuestros límites, del mundo.

¿Y no sucede que los momentos de felicidad pasan tan rápidos que apenas los percibimos? ¿Y no sucede que cuando somos felices, el tiempo se escapa sin apenas darnos cuenta? ¿Y no sucede que cuando somos felices estamos sumergidos en un “estado de infinitas posibilidades”, donde todo es posible, y que estamos en un estado más semejante al de un sueño que al de la vigilia, más presentes en el futuro imaginario que en nuestro propio presente?

Sin lugar a dudas, en el día a día somos “conscientes” del presente todo el tiempo. Ello quiere decir que en algunos momentos actuamos más como autómatas que como entes conscientes. Por ejemplo: cuando conducimos solos y escuchamos la radio tenemos un grado de consciencia bajo. Cuando miramos una película también. Son momentos en que nos sumergimos en la música o en las imágenes de la pantalla y nos olvidamos de lo que nos rodea, dejando la mente y la conciencia “en blanco”. Por tanto, para ser precisos, deberíamos hablar de grados de consciencia. Entonces es evidente que no tenemos el máximo grado de consciencia durante todo el tiempo.

Pero cuando el trabajo, los quehaceres, o en síntesis, las obligaciones de la vida nos abordan y nos angustian, cobramos una gran consciencia de nuestra existencia, del momento, de nuestro propio ser.

Parece, por tanto, que los momentos de angustia son algunos en los que presentamos un grado de consciencia especialmente elevado.

Por tanto, y hablando de manera un tanto sofística, el bien (la felicidad), los momentos buenos (en los que, según lo dicho, nuestro grado de consciencia es bajo) nos alejan de la existencia-real hacia una realidad suprasensorial de ensoñación. Mientras que los momentos de angustia, el mal, (en los que, según lo dicho, nuestro grado de consciencia es muy alto) nos arrastran a lo terreno, a la más profunda y primera existencia del mundo, dejándonos ante una realidad totalmente desprovista de sentido, salvo por su única propiedad: la de existir.

AGL

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